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Tegucigalpa.
La pobreza extrema, aunque ellos no se den cuenta de ese fenómeno
social, es la razón que, sin duda alguna, los obliga a disputarse
a diario con los zopilotes y otras aves de rapiña, pedazos
de pan, pizza y otros alimentos para ingerir y seguir sobreviviendo.
Entre
200 y 300 niños y niñas se enfrentan a diario a la
antes descrita situación en el botadero de desechos sólidos
de Tegucigalpa, localizado a 6.5 kilómetros en la carretera
que conduce a Olancho, en busca de cualquier artículo para
comercializar o bien sea para su consumo.
Uno
de esos niños es Cristian Alfredo Castillo, un infante de
nueve años, quien al igual que sus otros dos hermanos, José
y Manuel de 10 y 12 años, respectivamente, se ve obligado
a ausentarse de la escuela para buscar entre la basura algo que
comer o bien sea papel, botellas pláticas o latas de aluminio
para poder comercializarlas y así contribuir al ingreso familiar.
Cristian,
al igual que sus dos hermanos, asisten al botadero casi a diario,
en compañía de sus padres, dos ejemplos de la ignorancia
y poca formación académica de la que son presas miles
de hondureños, debido a las condiciones de pobreza del país,
que actualmente ocupa el lugar 116 de un total de 173 países
del mundo, según el Informe de Desarrollo Humano.
Un
día en el botadero
En
un día típico las actividades de los pepenadores comienza
a eso de las nueve de la mañana, que es cuando comienzan
a llegar los camiones que transportan la basura.
Desde
que hacen su ingreso hombres y niños se suben a los vehículos
para hacer una exploración rápida de los productos
que transportan, ya que dependiendo de su procedencia, así
también son las expectativas del valor de su carga.
Los
vehículos más esperados son los que transportan los
desperdicios de los hoteles y los restaurantes, pues es donde viene
comida y bebidas en grandes cantidades, así como botellas
plásticas y latas de aluminio.
Una
vez en el sitio de depósito, los camiones vuelcan la basura
en el sitio destinado para tal fin y los pequeños pepenadores
tienen entre 10 a 15 minutos para recuperar los materiales de su
interés, pues concluido este tiempo los tractores comienzan
a cubrir la basura con tierra.
Lo
antes descrito representa el mayor riesgo para los niños
pepenadores ya que se exponen a ser atropellados por los tractores
o por un adulto, en disputa de un objeto de valor.
La
mayoría de niños pepenadores
provienen de las comunidades adyacentes al botadero como las colonias
Villa Cristina, Villa Franca, Campo Cielo, San Juan del Norte, Alemania,
San Martín, Villa Madrid y de las aldeas Cerro Grande, Río
Abajo y Guasculile.
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